jueves, 28 de abril de 2011

Costa da Morte

Galicia es uno de esos lugares con un encanto especial que solo se puede apreciar visitándolo en pleno esplendor. Una parada obligada es Fisterra, en la Costa da Morte, denominada así por la cantidad de naufragios que el agua arrastraba hacia sus rocas, por culpa de una mar embravecida. 

Mi recomendación: empezar la ruta a mediodía para llegar a Fisterra al atardecer, y ver la marravillosa puesta de sol que hizo merecedor de tal nombre a este lugar. Como punto de partida, podemos establecer por ejemplo Concurbión, un pueblo costero de pescadores donde encontraremos buenos lugares donde comer y descansar antes de iniciar el trayecto.
 









Esta localidad es un entrañable pueblecito merecedor de un paseo por sus callejuelas, donde disfrutar de un buen albariño en una de sus muchas terrazas situadas frente al puerto, viendo el trajín marinero en sus días de faena. La pequeña iglesia de Concurbión es una original obra arquitectónica digna de mención.


Pero este pueblo, situado en el Cabo de Cee, es solo el principio. Al norte sale el camino que que lleva al Cabo de Finisterre, el lugar más emblemático de toda la ruta. Son unos 12 kilómetros a orillas del mar, sobre rocas de gran altura donde rompen unas olas furiosas y bellas como pocas cosas de este mundo. Una ruta enigmática y llena de historia, donde el viento y la lluvia no deben hacernos aminorar la marcha, pues merece realmente la pena para llegar al lugar donde hace un tiempo se terminaba la tierra conocida.


Hasta aquí llegan muchos peregrinos desde Santiago de Compostela, y, para dejar evidencia de su estancia, es tradición quemar el calzado, viejo y gastado tras la larga marcha.

Según la leyenda, esta zona era un pueblo que fue sepultado bajo las aguas como castigo divino por los pecados y la indiferencia de los habitantes tras el desembarco de Santiago Apóstol, dejando solo las rocas que vemos hoy en día.



Pero el hombre en su afán de creación y de  conservación de la vida, siempre deja rastro de su existencia. En este caso, se trata del Faro de Fisterra, construído en 1853. Junto a él, se levanta otro edificio que, según dice, emite sonidos de sirenas en los días de bruma. Finalmente, cerca de allí, hay otro edificio que se ha convertido en una hospedería, justo lo que necesitamos para un buen descanso tras el largo paseo.
Imagen de uno de los muchos órreos que podemos encontrar a lo largo del camino. Estas pequñas construcciones se usaban para guardar el maíz, cultivo predominante en la zona, pero también cualquier otro tipo de grano, y prevenir las incursiones de ratones u otros roedores y a la vez mantenerlo seco.



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